Sentirse
quebrado, mudo, golpeando paredes de vecinos que no escuchan, y el maldito jefe que te interrumpe el descanso todos los días a la misma
hora. A su vez he de pensar qué sería sin esos, mis vecinos, sin el jefe, o sin el
perro que me devuelve la vigilia en cada media noche, o de los cigarros que rompen la inactividad vacía, si al fin y al cabo
estaría nuevamente sola con mi cuasi demencia que pasea en mí, pues la transforman en algo
similar a cenizas esparcidas en el viento de un desierto, pero que luego vuelven en una nube de humo. Hoy estoy bajo la
misma luz amarilla de todas las noches, atrapada en los mismos acordes y
melodías de acurrucan por un rato mi paz, pero no perduran porque como todo, se
disipa, desaparece y queda fijado en el tiempo que alguna vez estuvo acá
conmigo. Me quedo analizando hasta qué punto no me dolieron ciertas partidas, en qué
momento cambié mis objetivos de búsqueda, qué perdí en el trayecto, qué opción triunfó en cada disyuntiva, cuál no. ¿Qué puedo esperar del mundo, de su riesgo y el riesgo de mí misma? (¿Y el mar que
dejé a mil kilómetros de distancia? No es más que un recuerdo que cada vez se disuelve más en información basura) ¿Qué esperar de otras corduras, de otras
demencias? De la supuesta maleabilidad de la realidad, del pasado, de la
inocencia o de la esperanza, de mis limitaciones físicas, del peso de mis
emociones y la vagueza de mi intelecto.
Intento desprenderme de aquellas dependencias que me trajo, intentando cantar lo más fuerte posible, aún cuando sé que sólo quedará en mis oídos por un corto tiempo, ni siquiera quedará en mi memoria. -esa traidora-. El cariño de mis vecinos es imperceptible, aún cuando sé que preguntan por mí, y observan mis horarios. Hoy no me basta con estar sólo conmigo, pero no tengo otra opción. Y no es hasta que decido tomar las riendas de una vez por todas, y pensar en proyectar lo que en tiempos de fluidez brotó espontáneamente de mi pasión y de mi motivación. Enlazarme otra vez con ello, con el anhelo de algún día caminar con la plenitud de una vida simple. ¿Pero no es justamente eso lo que me llevó a la crisis? Algo tenía por aprender, por sufrir, y por crecer. Aún así no puedo abandonar los tratos con el jefe, son las ataduras de ese ser que no me admite borrar las bases en que lo forjé.