Todos los días transcurre su vigilia mirando el declinar de los colores que llevan del día a la noche.
Se tendía, miraba el cielo y hacía esfuerzo por interesarse. La peculiar brisa de verano golpeando su espalda, a esa hora, indicaba sólo una cosa: venía la noche, pero supo por su color que no era la misma que empieza su función cada 24 horas.
Hacía aún más esfuerzo por desviar el curso de sus pensamientos. Intentaba oír su latir en ese entonces. No podía imaginar que aquel leve ruido pudiese cesar nunca.
Lo acompañaba desde hace tiempo.
Tal vez no era el de su corazón.
"Nunca he tenido verdadera imaginación". Sin embargo, trataba de construir en su mente el segundo determinado en que ese temblor no sólo fuera suyo, o de un espectro en el cielo, o de la paulatina claridad del alba.
Sino también de ella, quién sabe dónde se encontraría ahora.