del polvo venimos

del polvo venimos

jueves, 24 de septiembre de 2015

Abril

Cada noche, yo tenía 2 o 3 interrupciones del sueño, seguidas automáticamente de una vuelta despabilante por la casa. Sin embargo, cada vez que abría los ojos, sin terminar de despertarme siquiera, lo tenía a mi lado. Lo abrazaba. Lo molestaba con mis reiteradas muestras desesperadas de amor. Desesperación sin motivo, pues parecía estar allí para quedarse. Yo amaba más el afán de certeza que al amor mismo, y también a él, lo sentía parte de mí. Él amaba que su vida fuera yo y nuestros sueños utópicos.
Cada mañana, se levantaba, quitaba la cáscara de las castañas, aún sin tener hambre. Era de esos que le sacaban la piel a las almendras, y que contaban sin filtro sus episodios oníricos. Era de esos que amaban de verdad. Miraba sus ojos con el primer rayo de resplandor del sol matutino, y sonreíamos recordando, nuevamente, que decidimos quedarnos entre sábanas y caricias suaves, y olvidarnos de ir a ver los destellos del alba, sintiendo la energía de la música y la de nuestros cuerpos, aún jóvenes, como algunas veces nos gustaba hacer. Volvía a pedirme que desayune, y no respondía más que con un beso y una bocanada de humo de un cigarro. No podía obligarme, mas me dolía hacerle caso omiso.
Me besaba con sus dientes, absorbía toda la fuerza de mi ser y me renacía con su risa musical e infantil. Me encantaba, me enamoraba día a día, y no me alcanzaba lo físico para devolverle mi plenitud, ni para dar todo lo que tenía para dar. Los seres humanos muy pequeños aún, incompletos, inacabados, y peregrinos con mucha sed.
Cada tarde, el viento me hacía feliz, porque me sentía fuerte e inderribable, pero los atardeceres con brisa me traían ráfagas de nostalgia, y más cuando movían su pelo. Nunca quise dejarlo ir, sabía que me iba a morir por dentro, si es que la soledad no me enfermaba el alma y se extendía a mi cuerpo; a mis frágiles brazos y piernas, a mi cuello marcado, a mis manos congeladas, a mis ojos decaídos y mi sonrisa tímida. De morir, morí, porque no podía privar al alma encarnizada de un fuerte náufrago de abismos. Nunca quise dejarlo ir, pero tampoco hacerlo incapaz de sí. Ya no era conmigo, ví el brillo de sus ojos en el horizonte, ya bien lejos de mí.
Así como las hojas marchitaron, cayeron y corrieron con los fallidos intentos de huracanes de abril, arrazadas fueron mis plumas, muertas mis gaviotas, triste y amarillo el césped de mi patio. Así de lúgubre, oscura, asténica sigue mi vida sin él, el triunfador, el amante, el cliente preferido de mis cafés, y quien me hacía más mujer que aroma, más agua de río que mujer. Libre, así lo quise desde un principio, tan libre como iba a ser mi dolor, libre de quedarse en mí para siempre.