Buenos días,
pues el sol difuminado alumbra mientras escribo esto.
Hoy como cualquier otro día, después de semanas turbulentas culminantes en la muerte de mi padre, demasiada presión laboral y un abandono voluntario de una avanzada adicción al café, puedo decir que mi cuerpo me pasa factura, después de todo, como todo humano, soy una trinidad. Mi psiquis y mi centro emocional/espiritual responden automáticamente a un “estoy bien”, quizá por represión, por miedo a la sobre-victimización; quizá por una verdadera madurez que logra minimizar conflictos, pero la realidad es que en este preciso momento no es algo que logre comprender y adquirir capacidad para comunicarlo o manifestarlo en vía libre.
Breve introducción, la cual tal vez no sea de tu interés, Marcos, pero en busca de alguna salida decido plasmar aquí, principalmente, mis deseos de saludar a un viejo amigo. En la tarde de ayer pude traer a mi memoria imágenes de nuestra juventud, tan vívidas como una película o una obra de teatro en vivo, lo que a su vez, trajo una peculiar sonrisa a mi cara. Pude verme con 14 años en tu habitación, escuchándote tocar la guitarra con tus preciados equipos y programas de sonido, casi tan meticulosos como vos. Sentía, no sólo la vibración de los graves resonando en las paredes de ladrillo laqueado y la cama, sino también, lo fuerte que resonaba tu pasión y tus sueños. Eso me gustó siempre de vos, siempre eras un placer. Recordé mi inamovible mirar sobre el humo del tabaco que salía entre tus dientes, la forma en que agarrabas el cigarrillo entre los dedos anular y medio, y lentamente posabas tu mano en su totalidad sobre tu mentón. ¿Se te viene a la mente mi cara de boba? No me extrañaría. El típico adolescente, dos años mayor, la típica rebeldía, típica adicción al porro, pero con un atípico desorden elegante, en tu cabeza, tu personalidad y tu habitación. Eras un enigma. Un enigma con alas, lo que no sonaba para nada autóctono en nuestra pequeña ciudad.
Pendejo insaciable del permanente ceño fruncido, niño bien al que nunca le faltó ni un cristal espejado a su trono, siempre supe que notabas lo intimidante de tu imagen para mis esquemas, haciendo insurrección al aceptar la invitación a tu mundo de fechorías con alguna que otra fanfarria, que yo solía admirar con cariño y cierta idealización. Buenos recuerdos de tu amistad, malas marcas en mi alma, heridas sazonadas innumerables veces, pero por fin, selladas por el tiempo y magníficas adquisiciones humanas y psicológicas.
Siempre diferimos mucho; tu exactitud y mi subjetividad rumeante, tu búsqueda de complejidad y mi disfrute de la simpleza, tus síntesis y mis mareas emocionales, tu libertinaje aportador de vida al presente y mi precavida responsabilidad moral. ¨Pero a vista panorámica, en todo ámbito la Ciencia y la Filosofía son complementarias. Pude beber de tu copa aquello que más necesitaba: seguridad en uno mismo. Eso me inspiraba. Vos inspirabas otro tipo de cosas y dudo que algo haya sido propiciado por mi persona. Aún así, espero algún día gozar de la gracia de saber que un recuerdo positivo tenés de aquellas épocas. Hoy, después de 17 años, un señor ingeniero químico, con su espíritu artista contundentemente condensado (si se quiere hasta casi materializado, podría jurar que lo he visto, aunque no estoy segura de que haya sido con mis ojos) confieso que sigo evocándote. ¿Razones? sinceramente, escasas. No esperaría que me hables de tu esposa e hijos, porque nunca proyectaste un futuro de padre tipo, ni de “El” macho argentino; tampoco del peculiar “qué desastre” de bocas sin empatía que suele aparecer cada tanto en la serie de productos humanos en esta fábrica desquiciada que es el mundo, y también, este mini-mundo concebido por los habitantes de la ciudad. Como dije, sólo quería saludar a un viejo amigo, pero sabés de mi cabeza rebuscada, que vive revolviendo sus baúles antiguos, te confirmo que mucho de eso no ha cambiado, por lo que ahora, viajando en auto, tomando un café o una ducha, me pregunto: ¿Qué habrá salido de esa suerte mitología humana? ¿A dónde habrán desembocado las cuencas de su conciencia? ¿Habrán bifurcado sus rutas de pensamiento? ¿Habrá caído al césped alguna seca hoja de su sentir? Pero principalmente… ¿Estará bien?
¿Estás bien, Marcos?
Siento aversión y resignación por una muy posible decepción ante tu concepto de “estar bien”, pero nunca me revelé ante tu resguardo. No tengo más opción que creerte si recibo un monosílabo como respuesta, pero juro que tan nimio símbolo me bastará, como un ligero choque eléctrico que sigue dando vida útil a un motor, esta vez, psicológico, como de otra manera no podría ser.
Donde quiera que estés, donde quiera que inviertas tu tiempo, tus cualidades, tus pasiones, tus augurios… cualquiera sea tu estado familiar, sea tu cotidianeidad emocionante y motivadora, rutinaria y tediosa, o hasta una desgarradora vista del pasar de los días ligada a un dolor (lo que me parecería malo, pero extremadamente tierno) aunque prescindas completamente de fuerza externa o apoyo ajeno, sólo tengo el deseo de comunicarte que, desde éste, mi lugar en el mundo, quiero verte triunfar… y saber algo de vos. Nada más concreto que eso.
Ojalá te encontrase en un colectivo, el mismo que nos llevaba a ambos a nuestras casas, en una esquina de las calles que solíamos caminar durante las lluvias de febrero, en el quiosco donde comprabas tus Marlboro, en cualquier lugar de este océano de ladrillo y cemento para reconocerte a lo lejos y preguntarme si realmente sos vos, imantar nuestras miradas para verte a los ojos, admirar rápidamente tus cambios físicos, soltar un “eh, cómo andás? “, seguido del infaltable “tanto tiempo”, para luego seguir con mi camino reflexionando sobre el carácter y singularidad de esos 5 segundos, y repasarlos en mi mente antes de irme a dormir.
Por último, plasmo una reflexión retórica casi del andar cotidiano, pero voy a referirme a conceptos mucho mayores que los físicos, a eso que no se puede encerrar en concepto, aquello a lo que la vida misma le da el significado:
Hoy como cualquier otro día, después de semanas turbulentas culminantes en la muerte de mi padre, demasiada presión laboral y un abandono voluntario de una avanzada adicción al café, puedo decir que mi cuerpo me pasa factura, después de todo, como todo humano, soy una trinidad. Mi psiquis y mi centro emocional/espiritual responden automáticamente a un “estoy bien”, quizá por represión, por miedo a la sobre-victimización; quizá por una verdadera madurez que logra minimizar conflictos, pero la realidad es que en este preciso momento no es algo que logre comprender y adquirir capacidad para comunicarlo o manifestarlo en vía libre.
Breve introducción, la cual tal vez no sea de tu interés, Marcos, pero en busca de alguna salida decido plasmar aquí, principalmente, mis deseos de saludar a un viejo amigo. En la tarde de ayer pude traer a mi memoria imágenes de nuestra juventud, tan vívidas como una película o una obra de teatro en vivo, lo que a su vez, trajo una peculiar sonrisa a mi cara. Pude verme con 14 años en tu habitación, escuchándote tocar la guitarra con tus preciados equipos y programas de sonido, casi tan meticulosos como vos. Sentía, no sólo la vibración de los graves resonando en las paredes de ladrillo laqueado y la cama, sino también, lo fuerte que resonaba tu pasión y tus sueños. Eso me gustó siempre de vos, siempre eras un placer. Recordé mi inamovible mirar sobre el humo del tabaco que salía entre tus dientes, la forma en que agarrabas el cigarrillo entre los dedos anular y medio, y lentamente posabas tu mano en su totalidad sobre tu mentón. ¿Se te viene a la mente mi cara de boba? No me extrañaría. El típico adolescente, dos años mayor, la típica rebeldía, típica adicción al porro, pero con un atípico desorden elegante, en tu cabeza, tu personalidad y tu habitación. Eras un enigma. Un enigma con alas, lo que no sonaba para nada autóctono en nuestra pequeña ciudad.
Pendejo insaciable del permanente ceño fruncido, niño bien al que nunca le faltó ni un cristal espejado a su trono, siempre supe que notabas lo intimidante de tu imagen para mis esquemas, haciendo insurrección al aceptar la invitación a tu mundo de fechorías con alguna que otra fanfarria, que yo solía admirar con cariño y cierta idealización. Buenos recuerdos de tu amistad, malas marcas en mi alma, heridas sazonadas innumerables veces, pero por fin, selladas por el tiempo y magníficas adquisiciones humanas y psicológicas.
Siempre diferimos mucho; tu exactitud y mi subjetividad rumeante, tu búsqueda de complejidad y mi disfrute de la simpleza, tus síntesis y mis mareas emocionales, tu libertinaje aportador de vida al presente y mi precavida responsabilidad moral. ¨Pero a vista panorámica, en todo ámbito la Ciencia y la Filosofía son complementarias. Pude beber de tu copa aquello que más necesitaba: seguridad en uno mismo. Eso me inspiraba. Vos inspirabas otro tipo de cosas y dudo que algo haya sido propiciado por mi persona. Aún así, espero algún día gozar de la gracia de saber que un recuerdo positivo tenés de aquellas épocas. Hoy, después de 17 años, un señor ingeniero químico, con su espíritu artista contundentemente condensado (si se quiere hasta casi materializado, podría jurar que lo he visto, aunque no estoy segura de que haya sido con mis ojos) confieso que sigo evocándote. ¿Razones? sinceramente, escasas. No esperaría que me hables de tu esposa e hijos, porque nunca proyectaste un futuro de padre tipo, ni de “El” macho argentino; tampoco del peculiar “qué desastre” de bocas sin empatía que suele aparecer cada tanto en la serie de productos humanos en esta fábrica desquiciada que es el mundo, y también, este mini-mundo concebido por los habitantes de la ciudad. Como dije, sólo quería saludar a un viejo amigo, pero sabés de mi cabeza rebuscada, que vive revolviendo sus baúles antiguos, te confirmo que mucho de eso no ha cambiado, por lo que ahora, viajando en auto, tomando un café o una ducha, me pregunto: ¿Qué habrá salido de esa suerte mitología humana? ¿A dónde habrán desembocado las cuencas de su conciencia? ¿Habrán bifurcado sus rutas de pensamiento? ¿Habrá caído al césped alguna seca hoja de su sentir? Pero principalmente… ¿Estará bien?
¿Estás bien, Marcos?
Siento aversión y resignación por una muy posible decepción ante tu concepto de “estar bien”, pero nunca me revelé ante tu resguardo. No tengo más opción que creerte si recibo un monosílabo como respuesta, pero juro que tan nimio símbolo me bastará, como un ligero choque eléctrico que sigue dando vida útil a un motor, esta vez, psicológico, como de otra manera no podría ser.
Donde quiera que estés, donde quiera que inviertas tu tiempo, tus cualidades, tus pasiones, tus augurios… cualquiera sea tu estado familiar, sea tu cotidianeidad emocionante y motivadora, rutinaria y tediosa, o hasta una desgarradora vista del pasar de los días ligada a un dolor (lo que me parecería malo, pero extremadamente tierno) aunque prescindas completamente de fuerza externa o apoyo ajeno, sólo tengo el deseo de comunicarte que, desde éste, mi lugar en el mundo, quiero verte triunfar… y saber algo de vos. Nada más concreto que eso.
Ojalá te encontrase en un colectivo, el mismo que nos llevaba a ambos a nuestras casas, en una esquina de las calles que solíamos caminar durante las lluvias de febrero, en el quiosco donde comprabas tus Marlboro, en cualquier lugar de este océano de ladrillo y cemento para reconocerte a lo lejos y preguntarme si realmente sos vos, imantar nuestras miradas para verte a los ojos, admirar rápidamente tus cambios físicos, soltar un “eh, cómo andás? “, seguido del infaltable “tanto tiempo”, para luego seguir con mi camino reflexionando sobre el carácter y singularidad de esos 5 segundos, y repasarlos en mi mente antes de irme a dormir.
Por último, plasmo una reflexión retórica casi del andar cotidiano, pero voy a referirme a conceptos mucho mayores que los físicos, a eso que no se puede encerrar en concepto, aquello a lo que la vida misma le da el significado:
Lo que es la distancia… ¿No? O peor aún, lo que es el tiempo…
Atentamente, quien ya te imaginás.